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EL  HALLAZGO.
Je me trouve engloutie dans l'immensité infinie des espaces dont je ne sais rien et ne sais rien sur moi, je suis terrifié.
Blaise Pascal.
I
La llegada de esos libros  a la Biblioteca Escolar fue profusa, y su clasificación ardua  y compleja. Tuve que sobrellevar la dura 
tarea  de incorporarles un código y añadirlos en  el Inventario. No supe, o mejor dicho no quise saber, el exacto origen de los
textos. Me resultó suficiente tomar conocimiento, que un vecino que tenía un lejano parentesco, un dudoso parentesco conmigo, 
había dispuesto entre sus especulativas disposiciones  de última voluntad, la presente donación. Entre las desvencijadas páginas 
de un ejemplar de La Divina Comedia, una carta amarillada y secretamente doblada, se deslizó hacia afuera del contorno 
editorializado. Tuve en mis manos esa misiva, cuya obtención había sido aparentemente planificada. Pues, encontrar cartas 
abandonadas en un libro resulta ser un acto deliberado de alguien. 
Un hallazgo así, por parte de quien lo hubiera dispuesto suele ser premeditado y por parte de quien lo encuentra, 
un hecho inesperado. Digo hecho y no acto, porque en todo acto hay alguna acción propia de la voluntad. Los hechos en cambio,
son imprevistos, genuinamente espontáneos. Ni la más brillante tesis determinista puede concebirlos como anticipados por 
cierto designio. Solo un tenor arbitrario puede establecer su causa. En cuanto a la carta, no sería la primera vez que alguien
encuentra el plano de un tesoro oculto de esa forma. O algún dato preciso sobre alguna cuestión de interés policial como la 
confesión de un crimen. Y el afán de leerlo por parte de quien lo ha encontrado, no constituye actitud clandestina y por ende no 
puede generar culpa alguna en su acción lectora. Pero esa carta trataba cuestiones de mi propia vida. De mi Padre y su 
deceso. Del final de los tiempos de ambos. Era un mensaje mortificante y una conclusión dolorosa. Era un hallazgo cruel.
Eran tres páginas y media, y se iniciaban así, con este tenor: “martes 24 de mayo de 2005. Al aparecer la imagen de mi 
Padre indicándome en un lenguaje confuso pero entendible que él había muerto, tuve una oscura descompensación, 
una virtual pérdida sensorial y una confusión mental instalada en el límite del ingreso a la eterna penumbra de la noche 
atemporal. No tuve siquiera necesidad de confirmarlo. Supe que de esa forma había sido informado porque así había sido……………………
Apenas pude salir con la idea que el aire de la calle iba a devolverme algún lejano bienestar.  No pude seguir leyendo esa carta.
Caminé por Lacroze hasta la esquina. Estimé que no era yo mismo quien protagonizaba esa historia. Pero no había dudas
que la carta hablaba de mi propia historia y de mi Padre que murió ese día de mayo doce años atrás. Tal como si yo mismo lo
hubiera redactado en  un diario intimo y no estaba lejos de esa realidad, pues sin hesitación posible, el texto era mi puño y letra.
Todo hallazgo nos sumerge en cierta magia y al mismo tiempo nos hace parte de su significancia. A veces nos enriquece y a
veces nos desgarra.  Entré en otra dimensión…. Empecé a caminar por Zapiola de un modo inestable, incierto, oscuro….
mis sensaciones fueron terribles, ………“La calle era la misma……..  en sustancia y esencia… formalmente digo….la misma…
……………objetivamente   era la misma…….pero interiormente yo la percibía distinta. Era ese lugar conocido pero en mi visión
pertenecía a otra dimensión. Estaba  en otro espacio, en otro lugar, en otro planeta…. Pero no en un ámbito físico. 
Era una pertenencia inmanente, propia de un subjetivismo espiritual inconexo con la realidad. La revisión de la muerte de mi 
Padre me había retrotraído a días de mi pasado horrendos, en los que sufría mucho mis estados maníacos depresivos. 
Comprendía cierta mirada cargada de angustia que Sábato, el escritor,  daba a los lobos marinos de la rambla marplatense, 
sitio por el que de niño solía caminar de la mano de mi Padre y sentía al ver esas estatuas tiesas, esos íconos de la ciudad, 
esa misma miserable angustia. No había forma de calmar ese mar interior que parecía en condiciones de tragarse al mismo 
mar ampuloso, colosal, irreverente, cuyo viento que rolaba enfrente de mis ojos, hamacaba mi mirada.
Comprendí asimismo que tenía una necesidad convertida en una obligación inmediata. Recuperar mi lugar, la sede de mi vida 
terrenal. No podía hacerme cargo de mis obsesiones pero al menos podía desecharlas como quien corta una ligustrina  o una 
hiedra que avanza sobre un jardín poblado de rosas. Arremetí con miedo pero sin dudas  a caminar por esa oscuridad inmaterial 
latente, por ese filo de navaja en que se había convertidos la vereda de la calle Zapiola.
Minutos antes, el ruido había vuelto a hacerse oír. Tuve al entrar en aquel instante onírico vivencial, una indeseada vertiente 
adicional: la de no poder percibir el sonido. Yo creí que una montaña de estiércol se habría de precipitar sobre la calle y no 
podría oír su llegada. Que iba a quedar todo sepultado como en Pompeya. Antes de llegar a Céspedes, en el hueco de un árbol, 
misteriosamente, debo ratificar el adverbio, misteriosamente, apareció apoyado en forma vertical pero inversa un libro.  
Era una edición de colección promocional en azules tapas duras, editado por  un diario, la que había seguido con 
apasionamiento en 1984. El libro era de Nietzsche. Más allá del bien o del mal” (1886). No estaba seguro de tocarlo. 
Que estuviera invertido, es decir, sus letras para abajo, me inducía a un presagio oscuro y poco venturoso. El mal, encarnado en 
el Anticristo que el mismo compuso, era una fuerza consistente y tenaz que solía dejar libros apoyados en sitios pacíficos, en 
este caso un fresno, y al estar invertidos, las letras solían caer hacia la tierra del hueco vital del árbol. Esas letras se infiltraban en ese terruño y tomaban la raíz hasta extinguir su vida vegetal. También tomaban su alma arbórea. El árbol podía secarse si no era quitado ese texto de su espacio. Tuve una actitud humanitaria. Me vi poseído yo mismo de un espíritu altruista. Pero el riesgo era que me asaltara  su anatema. Los metafísicos no suelen difundirlo,  pero creen en la influencia del mal en el alma del practicante de esa corriente mística. Debo asumir que desde hacía unos años me había vuelto “metafísico”. Finalmente tomé el libro. Me hice dueño de su ser. Un libro tiene ser. No es un objeto. Es la kafkiana metamorfosis de un sujeto pensante que se hizo de papel y tinta, y enumeró sus días en forma de páginas. Lo puse al derecho. Sus letras en todas sus páginas empezaron a acomodarse. Se habían agrupado como una cruz  invertida cuyo extremo inferior, se engrosaba con las mayúsculas. Se empezó a difumar su símbolo. Se volvieron a formar oraciones y palabras con sentido orgánico. Un principio de organización vital lo envolvió. La primera frase que pude leer era relativa al orden natural de las cosas desde la concepción Nietzscheniana: “Lo que se hace por amor acontece siempre más allá del bien y del mal”. Lo cerré. No puedo negar que me llamó la atención la soledad en todo ese entorno. Es decir, no había peatones, transeúntes, autos, pájaros, insectos. Todo era un terraplén de caídas  abruptas. Miré al sol. Estaba opacado por un velo negro como en los eclipses, pero mantenía su brillantez de modo lateral. Pensé que estaba  en un universo paralelo. No sabía cómo viajar a mi mundo anterior. Si el libro tenía la clave debería buscarla…. pero ¿Qué podía aportarme un filósofo del siglo XJX  que postulaba la teoría del eterno retorno frente a la disgregación del tiempo y del espacio que sufría?. No cesé de caminar. Llegué a cortadas que no tenían  salidas o que en sus límites se configuraban precipicios. Sentí lo mismo que debieron sentir los navegantes primitivos que creían que el horizonte era el fin del mar y que el agua caía en forma de cascada a un lecho indeterminado, infinitamente espeso, sostenido por animales prehistóricos.
Hay un momento en que la mente humana no puede seguir el hilo de un hecho trágico. Un hecho cuya dimensión es desconocida. Un hecho que las palabras no pueden definir por ser inefable. Y yo empecé a perder mi conexión con las variables espacio-temporales con que los humanos contamos para ubicarnos en este imperante escenario llamado Universo. Ese escenario pasó a ser una entidad virtual. El mundo físico y reconocido por mi mente se trastocó en una alucinación. 
El fondo del cielo bullía como una caramañola con hielo seco en agua. Mi cuerpo no parecía tener peso. Comprobé la visión de Kundera sobre la levedad del ser.  (Nesnesitelná lehkost bytí).  Era un esqueleto, un espíritu nefeloide. Un hueco en la materia. Pero no era la nada. Pensaba y desde ya que el “Cogito ergo sum” de Descartes, funcionaba como principio existencial del racionalismo más primigenio, el de mi propia duda sobre la  concepción del estado de cosas que padecía. Aunque “padecer”  no es el verbo adecuado. Padecer es sufrir un colapso en la salud. Perder la entidad del razonamiento. Ser un ente sin nacionalidad, estimación de origen o soporte material. Yo era un ente sin corpore pero con ánimus en el sentido que Jung define al espíritu.
Siempre sospeché que el infierno era un sitio similar al que estaba frente a mis dubitaciones y desajustes.
Era el estar condenado a vivir una eternidad en su calamitosa estrechez de ideas. Ese libro era la prueba. El pensamiento unívoco. La única forma de pensar filosóficamente al mundo. 

No podría contener más ninguna teoría distinta a Nietzsche. Su crudeza paradójica. Su dolor en la visión del ser humano. Su peso en el alma. Su vacío existencial. Su falta de visión de un futuro no condicionado. En fin, ese era el ámbito que Dante había catalogado como infierno. Un infierno que asentó: La adopción del nazismo de la concepción de Nietzsche sobre la “muerte de Dios”, que en realidad no ingresa en un debate teológico sobre una concepción Deista, (aunque denosta tanto como los teólogos puristas la visión antropomorfita de Audeo descripta por Bergier***), sino que desarrolla la idea de la muerte del Dios Moral interior que da lugar a la aparición del hombre superlativo, que reemplaza al Dios teológico (Die fröhliche Wissenschaft* 1882), su infame justificación de la ausencia de piedad en los actos de los hombres con poder, “Los débiles y los malogrados deben perecer:” (Der Antichrist, Fluch auf das Christentum** 1888) o el quiebre de la concepción occidental y cristiana de la igualdad entre los seres humanos Los hombres superiores no se hacen por la fuerza de sus sentimientos, sino por la duración de los mismos.” (Jenseits von Gut und Böse. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft****,(1886).
La precaria y estrecha vereda, en simétrica analogía con la estrechez del pensamiento inducido, se convertía en un tablero de ajedrez que tendía al infinito y me indicaba que cada paso que daba, cada escaque se angostaba más y cabía la siniestra posibilidad de quedar atrapado en una calle convertida en un desfiladero.  Recordé basado en la similitud de mi estado a Pascal, a quien había leído alguna vez en la Facultad, cuando dijo: Me encuentro sumido en la inmensidad infinita de espacios de los que no sé nada y que no saben nada de mi, estoy aterrado. Ese era mi sentimiento a esa altura de los hechos.
Atrapado en esa estrechez y convertido en una piltrafa por designio de no sé qué mandato maligno, iba a sucumbir. La imagen de mi Padre, volvió a hacerse presente. Me susurró al oído alguna cosa informal. Pero detrás de eso pudo darme el secreto para salir del encierro.
Comencé a correr. Doblé en la primera esquina y corrí por esa calle. Corrí  hasta el ahogo. Corrí con el vértigo de quien escapa de una prisión. Me empapé de un sudor tibio y eficiente para cubrirme totalmente de agua.  Arrojé el libro en un jardín de una casa antes de  la esquina de Delgado al cruzarse con  El Cano. Yo había visitado a quien vivía en esa casa unos años atrás. Era un artista plástico que solía dibujar tigres en templos budistas.
Salí por la avenida. El mundo, el mundo conocido se recuperó. La gente, los autos, los negocios, los pájaros. El  crujir de las hojas secas del otoño al paso de la gente. El mundo que estaba fuera de la caverna de Platón. El mundo material y cruel que antes me asfixiaba, ahora me daba aire.
Me detuve a mirarme en una vidriera. No tenía rastros del ataque del mal. Era de nuevo un mortal intrascendente y soberbio.
Caminé unos pasos y mi Padre que estaba vivo, se acercó a darme un abrazo.
_ La mayor de las profusiones emocionales se estabiliza en un abrazo paterno. Me dijo.
_ ¡Sí…!!! le contesté y agregué _¡Así lo dijo Jesús unas horas antes de su muerte…..cuando produjo el quejido más universal que se conoce puesto en palabras  en su reclamo al Padre: “Eloi Eloi….¿Lama Sabacta Ami ???  Y su Padre lo Abrazó !!!!  Como vos ahora…….!!!! Le contesté en medio de pesadas lágrimas.****
Y nos sentamos a tomar un café en un bar llamado “El Valhala” en la esquina de  Zavala y Zapiola. Una lámina que contiene el “Eiríksmál” ilustrado con la figura de Odín rodeado de hermosas  Valquirias acompañando a mi Padre convertido en un “escaldo”, adornaba con esa figura de la mitología nórdica su salón reservado. Aún continúo el festejo de mi salida de la  inanimada caminata por el valle de la muerte……..******
II
Pasaron algunos días. O tal vez muchos. El tiempo en la mente humana pasa  ser una magnitud integralmente subjetiva.  
Yo no pude volver a encontrar esa carta. Presumo que fue a parar como el libro a ese jardín de la casa del artista del óleo a quien
había conocido en ocasión de mi visita, como si la historia que indicaba la carta se hubiera enredado en forma inconcebible con mi lectura de esta. Unos meses más tarde decidí visitarlo; en una pared lateral al pasillo del ambiente principal, vi una colección de óleos con tinte surrealista llamada “Mas allá del bien y del mal”,contenía un cuadro que se llamaba “La carta” firmado por el artista con su primer apellido Vázquez y una letra abreviando el segundo, es decir,  C.******, cuyo extracto parecía ser el del relato que la misiva contenía, pues de modo poco nítido unas mujeres hermosamente rubias (¿Valquirias?), llevaban la sombra de un hombre (¿mi Padre?) a un espacio extraterrenal (¿Valhala?). No tengo explicación completa del fenómeno experimentado. Solo que ahora, como parte de un mandato paterno que he recibido, agrego en cada libro que solicitan en la Biblioteca de la Escuela, una nota de tres carillas y media donde relato con precisión detallada hechos de la historia personal que corresponden a quien vaya a leerla.
* Die fröhliche Wissenschaft. La ciencia gaya. Nietzsche F. 1882.
**  Der Antichrist, Fluch auf das Christentum  El Anticristo. Maldición del Cristianismo.  . Nietzsche F. 1888.
***El Deismo refutado a sí mismo, o Examen de los principios de incredulidad, esparcidos en las diversas obras de M. Rosseau en forma de cartas. Nicolás Sylvestre Bergier. Ob. Citada pag.67. Pto. 9.-
**** Jenseits von Gut und Böse. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft . más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro. Nietzsche F. 1886.
**** Voz del hebreo antiguo con la que Jesús en su agonía expresó previo a morir: “¡PADRE, PADRE…!!!! ¿Por qué me has abandonado??”.-
***** No hay razones para suponer que el “Eiríksmál” ilustrado no tuviera el texto original incompleto conservado desde el siglo X.
****** Entiéndase el apellido completo firmado en parte con iníciales: Vázquez Cuestas. 

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