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EL  HALLAZGO.

La llegada de esos libros  a la Biblioteca Escolar fue profusa, y su clasificación ardua  y compleja. Tuve que sobrellevar la dura  tarea  de incorporarles un código y añadirlos en  el Inventario. No supe, o mejor dicho no quise conocer el exacto origen de los textos. Me resultó suficiente con saber que un vecino que tenía un lejano parentesco, un dudoso parentesco conmigo,  había dispuesto entre sus especulativas disposiciones  de última voluntad, la presente donación. Entre las desvencijadas páginas de un ejemplar de La Divina Comedia, una carta amarillada y secretamente doblada, se deslizó hacia afuera del contorno editorializado. Tuve en mis manos esa misiva, cuya obtención había sido aparentemente ordenada. Pues, encontrar cartas abandonadas en un libro resulta ser un acto deliberado de alguien que la colocó allí. Un hallazgo así, por parte de quien lo haya dispuesto suele ser premeditado y por parte de quien lo encuentra un hecho inesperado. Digo hecho y no acto, porque en todo acto hay alguna acción propia de la voluntad. Los hechos en cambio, son imprevistos, genuinamente espontáneos. Ni la más brillante tesis determinista puede concebirlos como anticipados por cierto designio. Solo un tenor arbitrario puede establecer su causa. En cuanto a la carta, no sería la primera vez que alguien encuentra un plano de un tesoro oculto de esa forma. O algún dato preciso sobre alguna cuestión de interés. Y el afán de leerlo por parte de quien lo ha encontrado, no constituye actitud clandestina y por ende no puede generar culpa alguna en su acción lectora. Pero esa carta trataba cuestiones de mi propia vida. De mi Padre y su deceso. Del final de los tiempos de ambos. Era un mensaje mortificante y una conclusión dolorosa. Era un hallazgo cruel.

Eran tres páginas y se iniciaban así: martes 24 de mayo de 2005. Al aparecer la imagen de mi Padre indicándome en un lenguaje confuso que él había muerto, tuve una oscura descompensación, una virtual pérdida sensorial y una confusión mental instalada en el límite del ingreso a la eterna penumbra de la noche atemporal que mi Padre había superado. No tuve siquiera necesidad de confirmarlo. Apenas pude salir con la idea que el aire de la calle iba a devolverme algún lejano bienestar……………No pude seguir leyendo. Caminé por Lacroze hasta la esquina. Estimé que podría no ser yo mismo quien protagonizaba esa historia. Pero no había dudas que la carta hablaba de mi propia historia y de mi Padre que murió ese día de mayo. Tal como si yo mismo lo hubiera redactado en  un diario íntimo y no estaba lejos de esa realidad, pues sin hesitación posible, el texto era mi puño y letra. Todo hallazgo nos sumerge en cierta magia y al mismo tiempo nos hace parte de su significancia. A veces nos enriquece y a veces nos desgarra.  Lo que sigue es un resumen del efecto generado en mi por ese terrible hallazgo.

“La calle era la misma…en sustancia y esencia…formalmente digo….la misma…objetivamente   era la misma…pero interiormente yo la percibía distinta. Era ese lugar conocido pero en mi visión pertenecía a otra dimensión. Estaba  en otro espacio, en otro lugar, en otro planeta…. Pero no en un ámbito físico. Era una pertenencia inmanente, propia de un subjetivismo espiritual inconexo con la realidad. La revisión de la muerte de mi Padre me había retrotraído a días de mi pasado horrendos, en los que sufría mucho mis estados maníacos depresivos. Comprendía cierta mirada cargada de angustia que Sábato  daba a los elefantes marinos de la rambla marplatense, sitio por el que de niño solía caminar de la mano de mi Padre y sentía al ver esas estatuas tiesas, esos íconos de la ciudad, esa misma miserable angustia. No había forma de calmar ese mar interior que parecía en condiciones de tragarse al mismo mar ampuloso, colosal, irreverente, cuyo viento que rolaba enfrente de mis ojos, hamacaba mi mirada. Comprendí asimismo que tenía una necesidad convertida en una obligación inmediata. Recuperar mi lugar, la sede de mi vida terrenal. No podía hacerme cargo de mis obsesiones, pero al menos podía desecharlas como quien corta una ligustrina  o una hiedra que avanza sobre un jardín poblado de rosas. Arremetí con miedo pero sin dudas  a caminar por esa oscuridad inmaterial latente. Por ese filo de navaja en que se había convertidos la vereda de la calle Zapiola.

Minutos antes, el ruido había vuelto a hacerse oír. Tuve al entrar en esa alucinación-vivencial, una vertiente adicional, la de no poder percibir el sonido. Yo creí que una montaña de estiércol se habría de precipitar sobre la calle y no podría oír su llegada. Que iba a quedar todo sepultado como en Pompeya. En el hueco de un árbol, misteriosamente, debo ratificar el adverbio, misteriosamente, apareció apoyado en forma vertical pero inversa un libro.  Era una edición promocional en azules tapas duras, de un diario que había seguido con apasionamiento en 1984. El libro era de Nietzsche. Mas allá del bien o del mal” (1886). No estaba seguro de tocarlo. Que estuviera invertido, es decir, sus letras para abajo me inducia a un presagio oscuro y poco venturoso. El mal, encarnado en el Anticristo que el mismo compuso, era una fuerza consistente y tenaz que solía dejar libros apoyados en sitios pacíficos, en este caso un fresno, y al estar invertidos, las letras solían caer hacia la tierra del hueco vital del árbol. Esas letras se infiltraban en ese terruño y tomaban la raíz hasta extinguir su vida vegetal. El árbol podía secarse si no era quitado ese texto de su espacio. Tuve una actitud humanitaria. Me vi poseído yo mismo de un espíritu altruista. Pero el riesgo era que me asaltara  su anatema. Los metafísicos no suelen difundirlo,  pero creen en la influencia del mal en el alma del practicante de esa corriente mística. Debo asumir que desde hacía unos años me había vuelto “metafísico”. Finalmente tomé el libro. Me hice dueño de su ser. Un libro tiene ser. No es un objeto. Es la kafkiana metamorfosis de un sujeto pensante que se hizo papel y tinta, y numeró sus días en forma de páginas. Lo puse al derecho. Sus letras empezaron a acomodarse. Se habían agrupado como una cruz invertida cuyo extremo inferior, se engrosaba con las mayúsculas. Se empezó a difumar su símbolo. Se volvieron a formar oraciones y palabras con sentido orgánico. Un principio de organización vital lo envolvió. La primera frase que pude leer era relativa al orden natural de las cosas. Lo cerré. No puedo negar que me llamó la atención la soledad en todo ese entorno. Es decir, no había peatones, transeúntes, autos, pájaros, insectos. Todo era un terraplén de caídas  abruptas. Miré al sol. Estaba opacado por un velo negro como en los eclipses, pero mantenía su brillantez de modo lateral. Pensé que estaba  en un universo paralelo. No sabía cómo viajar a mi mundo anterior. Si el libro tenía la clave debería buscarla pero que podía aportarme un filósofo del siglo XJX  que postulaba la teoría del eterno retorno frente a la disgregación del tiempo y del espacio que sufría. No cese de caminar. Llegué a cortadas que no tenían  salidas o que en sus límites se configuraban precipicios. Sentí lo mismo que debieron sentir los navegantes primitivos que creían que el horizonte era el fin del mar y que el agua caía en forma de cascada a un lecho indeterminado, infinitamente espeso, sostenido por animales prehistóricos.

Hay un momento en que la mente humana no puede seguir el hilo de un hecho trágico. Un hecho cuya dimensión es desconocida. Un hecho que las palabras no pueden definir por ser inefable.

El fondo del cielo bullía como una caramañola con hielo seco en agua. Mi cuerpo no parecía tener peso. Comprobé la visión de Kundera sobre la levedad del ser.  (Nesnesitelná lehkost bytí).  Era un esqueleto, un espíritu nefeloide. Un hueco en la materia. Pero no era la nada. Pensaba y desde ya que el “Cogito ergo sum” de Descartes, funcionaba como principio existencial del racionalismo más primigenio de mi propia concepción sobre el estado de cosas que padecía. Aunque “padecer”  no es el verbo adecuado. Padecer es sufrir un colapso en la salud. Perder la entidad del razonamiento. Ser un ente sin nacionalidad, estimación de origen o soporte material. Yo era un ente sin corpore pero con ánimus.

Siempre sospeché que el infierno era un sitio similar al que estaba frente a mis dubitaciones y desajustes.

Era el estar condenado a vivir una eternidad en su calamitosa estrechez de ideas. Ese libro era la prueba. El pensamiento unívoco. La única forma de pensar filosóficamente al mundo.
No podría contener más ninguna teoría distinta a Nietzsche. Su crudeza paradójica. Su dolor en la visión del mundo. Su peso en el alma. Su vacío existencial. Su falta de visión de esperanza en el futuro. En fin, ese era el ámbito que Dante había catalogado como infierno. Un infierno que asentó: La adopción del nazismo de la concepción de Nietzsche sobre la “muerte de Dios”, su infame justificación de la ausencia de piedad en los actos de los hombres Los débiles y los malogrados deben perecer:” (Der Antichrist, Fluch auf das Christentum. 1888), o el quiebre de la concepción occidental y cristiana de la igualdad entre los humanos Los hombres superiores no se hacen por la fuerza de sus sentimientos, sino por la duración de los mismos.” (Jenseits von Gut und Böse. Vorspiel einer Philosophie der Zukunft
, 1886).

La precaria y estrecha vereda, en simétrica analogía con la estrechez del pensamiento inducido, se convertía en un tablero de ajedrez que tendía al infinito y me indicaba que a cada paso que daba, cada escaque se angostaba más y cabía la siniestra posibilidad de quedar atrapado en una calle convertida en un desfiladero.  

Atrapado en esa estrechez y convertido en una piltrafa por designio de no sé qué mandato maligno, iba a sucumbir. La imagen de mi Padre, volvió a hacerse presente. Me susurró al oído alguna cosa informal. Pero detrás de eso pudo darme el secreto para salir del encierro.

Comencé a correr. Arrojé el libro en un jardín de una casa en la esquina de Zapiola y Céspedes. Yo había visitado a quien vivía en esa casa unos años atrás. Era un artista plástico que solía dibujar tigres en templos budistas.

Corrí  hasta el ahogo. Corrí con el vértigo de quien escapa de una prisión. Me empapé de un sudor tibio y eficiente para cubrirme totalmente de agua.  Llegue a El Cano. El mundo, el mundo conocido se recuperó. La gente, los autos, los negocios, los pájaros. El silencioso crujir de las hojas al paso de la gente. El mundo que estaba fuera de la caverna de Platón. El mundo material y cruel que antes me asfixiaba, ahora me daba aire.

Me miré en una vidriera. No tenía rastros del ataque del mal. Era de nuevo un mortal incandescente y soberbio.

Caminé unos pasos y mi Padre que estaba vivo, se acercó a darme un abrazo.

_ La mayor de las profusiones se estabiliza en un abrazo paterno. Me dijo.

_ Sí….así lo dijo Jesús  antes de su muerte…..cuando produjo el quejido más universal que se conoce puesto en palabras, esa frase que quebranta en su reclamo al Padre: “Eli Eli….¡¡¡Lema Sabachtani !!!! Y su Padre lo Abrazó!!!!! Como vos ahora…….!!!e contesté en medio de pesadas lágrimas.

Y nos sentamos a tomar un café en un bar llamado  Valhalla,  que curiosamente, en la mitología nórdica, es la fortaleza a la cual los guerreros van al morir en combate. Mi Padre sonreía satisfecho. Aún, yo continúo el festejo de mi salida de la  innominada caminata por el valle de la muerte. Volví a la Escuela y busqué en la Biblioteca el libro del Dante. No pude volver a encontrar esa carta. No tengo explicación completa del fenómeno experimentado. Solo que ahora, agrego en cada libro que llega a mis manos una carta donde relato con precisión detallada hechos de la historia personal que corresponde a quien vaya a leerlos.

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